Puedes nadar en la playa desierta o con las tortugas gigantes, practicar snorkeling, soltar adrenalina saltando al agua desde un risco impresionante, o retozar sobre una hamaca bajo la sombra de las palmeras. Tú eliges.

Nos dirigimos ya hacia la playa, Pantai Kalukua. Llegamos de noche.

El bus nos deja en la carretera. Bajamos una empinada cuesta y vislumbramos el mar. A unos diez metros de la orilla hay una valla y tras ella, césped, palmeras y dos casetas de madera sobre pilotes. Son las habitaciones, una para chicos, otra para chicas, ¡con aire acondicionado, menos mal! Hay dos casetas más, de bastante mayor dimensión, donde se puede reunir quien quiera para cocinar, usar el karaoke, o lo que les plazca.

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Cada habitación consta de una cama de matrimonio y un baño. -¿Sólo una cama para las diez? Podemos acostarnos atravesadas, pero aún así, un poco justo ¿no? –No te preocupes, nosotras estamos acostumbradas a dormir en el suelo, úsala tú.

No me hago mucho de rogar, la verdad, aunque dormir en ella yo sola tampoco me parece bien, así que me pido un lateral, y allá que nos acoplamos, transversalmente, cinco.  ¡Aprovechamos bien el espacio!

Los chicos deciden montar fuera una pequeña tienda de campaña.

Pensé, menos mal que por lo menos hay baño. Pero, un momento, que aún no lo he visto. Dejé que las chicas se ducharan primero, que iban mucho más tapadas que yo y estarían más asadas.

El susodicho resultó ser un habitáculo muy, muy justito, donde sólo había un excusado, bastante negruzco, y un bidón metálico de agua con un cazo. ¡Ay, ay, ay, que ya empezamos de nuevo! Nadie se asombra, así que procuro no dar muestras de susto. Al menos el agua está limpia y lo negruzco resultó no ser suciedad sino desconchado. Aunque, cuando llega mi turno, mejor coger las chanclas, porque obviamente, el suelo era un río.

Mientras las cocineras se afanan de nuevo, el resto nos reunimos a charlar en “el jardín”. Para entonces, ya tengo valor suficiente para aplicar aquello de más vale una vez colorá que ciento amarilla, y me pido, en vez del suelo, una pequeña silla que alguien había arrinconado. Se ríen pero lo entienden, ventajas de ser “ya tan mayor” (aquí, a partir de los 45, ya entras en la lista).

El lugar desde luego merece la pena. El mar a unos pasos, todito para nosotros.

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El césped pugnando por salir de entre la blanca arena y las palmeras que, vistas desde la hamaca de cuerdas que pende de dos de ellas, forman una especie de manto celestial.

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Me retiro antes que los demás, antes incluso de que la cena esté lista,  porque el estómago aún sigue con las suyas.

Por la noche comienzan a sonar los despertadores a la hora habitual. No hay mezquita cerca, así que rezan en el cuarto. Hay bastante bullicio. Eso de hablar bajito que hay gente durmiendo, aquí no parece que se estile,  pero estoy cansada, así que no me impiden dormir. A las 6,30 decido levantarme porque tenemos hoy muchas cosas que hacer.

Sigo sin ver a las cocineras, de nuevo están liadas preparando el desayuno buffet. Sólo pensarlo ya me agobia, me daría algo si tuviera que pasarme media vida en la cocina.

El resto de la gente me saluda con una gran sonrisa y la frase unánime de “vaya, ya te has levantado, eres un poco perezosa, eh, te gusta mucho dormir ”. ¡EH!, eso digo yo, ¿eh, las 6,30 de la mañana y me tachan de perezosaaa? ¡Oír para creer!

Mi «pereza», al final sí me hizo sentir mal, porque me perdí dos cosas estupendas. En mi defensa diré que ¡es que nadie me pasó el programa del día!:

1ª: Me perdí el amanecer que, a juzgar por las fotos de los demás, debió ser espectacular.

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Y 2ª: Me perdí acercarme con todos, ¡pero quién se iba a imaginar que lo harían a esas horas!, a las phinisi en construcción, las grandes barcazas tradicionales de madera, majestuosas, totalmente artesanales y sin un solo clavo metálico. Su forma recuerda a cuernos de búfalo.

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En esta otra imagen podemos comparar la phinisi con la embarcación a su izquierda y apreciar mucho mejor su tamaño

Hoy en día son destinadas básicamente a paseos turísticos. Pero, hasta su finalización y botadura, los niños las aprovechan, ya a esas horas, como trampolín.

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Sobre las 11 de la mañana por fin nos recoge una pequeña barca para llevarnos a Pulau Liukang.

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Me pongo en primera línea para ver mejor el paisaje. Alguna gotita salpica, qué ricos los labios saladitos. Pero el aire se levanta, pasando de alguna gotita a todo un torrencial, tanto, que he de escurrir la camiseta, literalmente,  y sacar la toalla para ponérmela encima, además de achicar algo de agua. Ese toque marinero, os aseguro, no era el esperado.

Por fin llegamos. Es un paraje pequeño pero impactante.

Se puede acceder a él también por tierra. Se trata de un altísimo cortado desde donde los más valientes se lanzan al agua. También puedes practicar snorkeling, aunque a pesar de sus claras aguas y sus corales no sea el mejor sitio para ello.

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El fondo marino visto desde la barca. Imaginad sumergidos

Tal vez se aprecie más aquí la altura de las rocas. Así de pequeñitos veíamos a los observadores de la cima

Me quedo con los ojos a cuadros cuando veo que casi todos los compañeros, sobre todo las chicas, se lanzan al agua sin pensárselo, vestidos «de arriba a abajo», incluso con la cabeza cubierta.

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Como el agua no es el medio donde me sienta más cómoda, me quedo en la barca, lo cual aprovecha una “polizón”. Nada hasta nuestra barca y  se sube a ella como si tal cosa, para practicar inglés con la guiri.

Como siempre les parecemos pálidos, ni darse cuenta de que mi cara está cada vez más blanquecina, ya que con el movimiento me cojo una papa impresionante, lo que repercute nuevamente en mi tripa y, como consecuencia, en mi sistema nervioso. Ay, ay, ay, la que voy a montar. Así que, aún pareciendo grosera, la dejo plantada, para recluirme en meditación, a ver si soy capaz de “controlarme toda”.

Cuando suben todos de nuevo a la barca, obviamente chorreando, nadie se seca ni pone toalla en el asiento corrido, así que entre el agua de antes y la de ahora, no importa si no me bañé, el resultado es casi el mismo. Pero es que ¿no tuve bastante agua? Pues parece ser que no, porque a los cinco minutos empieza a llover. Así que al final terminé más empapada que si hubiera formado parte del rodaje de Titanic.

En el camino de vuelta paramos en una plataforma flotante donde podías bajar a zonas acotadas por mallas y nadar con tortugas gigantes. Estuvo chulo y sirvió para relajarme.

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Por fin subimos al autobús para emprender el camino de regreso a Makassar. Siento un gran alivio e, irónicamente, una gran pena. Han sido tres días intensos, llenos de nuevas experiencias, de nuevas sensaciones y con muchas cosas en las que pensar.

A medio camino vemos a unos niños jugando en un gazebo. ¿Diríais por la siguiente instantánea que son felices? Yo creo que sí.

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Sin embargo, amplío el campo visual. ¿Qué siento ahora? Está visto que no voy a terminar nunca de dar vueltas al tarro en este viaje.

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Poco después paramos a comer. No veo ningún restaurante ni warung (léase chiringuito). No, para qué. Es el pueblo de uno de los chicos del grupo así que, siguiendo la costumbre indonesia, los 20, uno más con el conductor, allá que nos dirigimos a su casa donde ya había preparada una gran mesa repleta de comida.

Cada uno se sirvió lo que quiso y se acomodó donde pudo, sin muestras de timidez ni de asombro. Excepto yo, claro, que no salí de él. Imagino que se presentaran mis hijas un día con ese tropel de gente. ¡Salen disparadas al más allá ipso facto, eso seguro!

Además, para evitar un gran rodeo hasta la casa, había que saltar un desnivel de la calle de unos tres metros, bajar fue fácil, pero a la vuelta, subir, algo más complicado, así que allá que cruzamos por toda la cocina y el salón del vecino. Tampoco me veo a mis vecinos por la labor, la verdad. En fin, que parece que sorpresas hasta el último momento.

Estamos atravesando las primeras luces de la ciudad. Nos hacen entrega a todos de un certificado de asistencia. No sé si alguna vez me servirá para algo, pero os aseguro que me gané a pulso cada centímetro de ese papel, insisto, caaada centímetro.

Y me siento orgullosa. Orgullosa de haber retado a mis temores, mis escrúpulos y mis convencionalismos y no sólo haber salido indemne sino planteándome toda una forma de vida.

He preparado tres párrafos en inglés y pido en secreto a uno de los chicos que me los traduzca a indonesio. Afortunadamente, leer indonesio es casi casi igual que leer español, mismas letras, mismos sonidos. Le digo a la jefa de la expedición que me pase el micrófono y ésta, asombrada, anuncia que quiero decir algo. Se hace un silencio total, y sus caras de asombro no tienen desperdicio cuando me empiezan a oír en indonesio. Y la mía a continuación tampoco, ante la bulla y los efusivos aplausos, hasta abrazos, lo cual en este país, está reservado para los íntimos.

Les digo cómo pueden localizarme si lo desean, les prometo que la próxima vez hablaré un poquito de indonesio y termino, con la misma frase que terminaré aquí:

“Terima kasih banyac kepada anda semua yang membuat saya merasa sudah menjadi bagian dari kalian”.

“Gracias a todos y cada uno por haberme hecho sentir uno más de vosotros”.

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