Puedes nadar en la playa desierta o con las tortugas gigantes, practicar snorkel, soltar adrenalina saltando al agua desde un risco impresionante, o retozar sobre una hamaca bajo la sombra de las palmeras. Tú eliges.

SOLA ANTE EL PELIGRO VI, Último Capítulo

Después de nuestra jornada en el poblado indígena de los Kajang, los amish indonesios, nos dirigimos ya hacia la playa, Pantai Kalukua. Llegamos de noche.

El bus nos deja en la carretera. Bajamos una empinada cuesta y vislumbramos el mar. A unos diez metros de la orilla hay una valla y tras ella, césped, palmeras y dos casetas de madera sobre pilotes.

En ellas pernoctaremos, una para chicos, otra para chicas ¡Con aire acondicionado, menos mal! Hay dos casetas más, de bastante mayor dimensión, donde se puede reunir quien quiera para cocinar, usar el karaoke, o lo que les plazca.

Alojamiento en playa del sur de Sulawesi

EL ALOJAMIENTO

A pesar de parecer apartamentos, cada caseta se compone únicamente de una amplia habitación con una cama de matrimonio y un baño.

-¿Sólo una cama para las diez? Podemos acostarnos atravesadas, pero aun así, un poco justo ¿no? –No te preocupes, nosotras estamos acostumbradas a dormir en el suelo, úsala tú –me ofrecen generosamente.

No me hago mucho de rogar, la verdad, aunque dormir en ella yo sola tampoco me parece bien, así que me pido un lateral, y allá que nos acoplamos, transversalmente, cinco.  ¡Aprovechamos bien el espacio!

Los chicos se acoplan en la otra caseta, aunque un par de ellos deciden montar fuera una pequeña tienda de campaña que las chicas curiosean.

Chicas indonesias en tienda de campaña

Pensé, menos mal que por lo menos hay baño. Dejé que las chicas se ducharan primero, que iban mucho más tapadas que yo y no sé cómo pueden resistir.

Pero, un momento, que aún no lo he visto. El susodicho resultó ser un habitáculo muy, muy justito, donde sólo había un excusado, bastante negruzco, y un bidón metálico de agua con un cazo. ¡Ay, ay, ay, que ya empezamos de nuevo!

Pensé, a falta de cisterna, será el agua para el sanitario y sí, era verdad, pero también era la ducha, lo era, lo era.

Nadie parece espantarse, así que procuro no dar muestras de estupor. Además después de la ducha de la mañana en medio de la naturaleza con el cazo y el agua del pozo, tampoco es que me cogiera del todo desprevenida.

Al menos el agua estaba limpia y lo negruzco resultó no ser suciedad sino desconchado. No obstante, cuando llegó mi turno decidí ponerme chanclas ya que obviamente, después de pasar nueve personas, el suelo sin desagüe era un río de agua jabonosa.

HORA DE DESCANSAR

Mientras las cocineras se afanan de nuevo, el resto nos reunimos a charlar en nuestro particular jardín.

Zona de recreo y descanso de playa Pantai Kalakua de Sulawesi

Para entonces, ya tengo valor suficiente para aplicar aquello de más vale una vez colorá que ciento amarilla y me pido, en vez del suelo, una pequeña silla abandonada en un rincón.

Se ríen pero lo entienden. Alguna ventajilla había de tener ser “tan mayor” y es que aquí, a partir de los 45, ya entras en la lista.

Paraje maravilloso donde los haya. El lugar bien merece la pena. El mar a unos pasos, todito para nosotros.

Pantai Kalakua, amanecer en playa desierta, Indonesia

El césped pugna por salir de entre la blanca arena y las palmeras, a todo nuestro alrededor, contempladas desde las hamacas de cuerdas que penden de ellas mismas, parecen guarecernos bajo una especie de manto celestial.

Palmeras en Indonesia

Me retiro antes que los demás, antes incluso de que la cena esté lista,  porque el estómago aún sigue con las suyas y prefiero ingerir sólo una manzana.

Durante la noche comienzan a sonar los despertadores a la hora habitual, las dos, las tres, las cinco de la mañana. No hay mezquita cerca, así que rezan en el cuarto.

Hay bastante bullicio, salen, entran, ríen, charlan, suenan móviles…. Eso de “bajito que hay gente durmiendo” aquí no parece que se estile,  pero estoy cansada así que la cantinela de fondo no me impide dormitar.

HORA DE LEVANTARSE

A las 6,30 decido levantarme porque tenemos hoy muchas cosas que hacer.

Sigo sin ver a las cocineras, de nuevo están liadas preparando el desayuno buffet. Sólo pensarlo ya me agobia, me daría algo si tuviera que pasarme media vida en la cocina.

Uno a uno me saludan con una gran sonrisa y la frase unánime de “vaya, ya te has levantado”. Aunque alguien no se siente tan magnánimo y me censura educadamente “eres un poco perezosa, eh, te gusta mucho dormir ”.

¿Eh? Eso mismo digo yo ¿Ehhhh? ¿Las 6,30 de la mañana y me tachan de perezosaaa? ¡Oír para creer!

Mi «pereza» al final sí me hizo sentir mal, pero no por ese motivo sino porque me perdí dos cosas estupendas. Primeramente el amanecer que, a juzgar por las fotos de los demás, debió ser espectacular.

Amanecer en Pulau Kalakua, playa indonesia

Y en segundo lugar porque me perdí el paseo hasta las phinisi.

En mi defensa diré que nadie pasó el programa del día y a ver ¡quién se iba a imaginar que lo harían a esas horas! ¡Si las calles estaban aún sin poner!

LAS PHINISI

¿Que no sabéis qué son las phinisi? Pues unas grandes barcazas de madera típicas de la zona, majestuosas, totalmente artesanales y sin un solo clavo metálico. Además, con una curiosa forma, recuerda a cuernos de búfalo.

barcas phinisi al sur de Sulawesi, Indonesia

Hoy en día son destinadas básicamente a pequeñas travesías por las islas. Se alquilan con tripulación incluida. A pesar de su tamaño tienen poca capacidad de pasaje por lo que puedes reservar un sólo camarote o el barco entero.

Eso sí, el precio es algo elevado. Al igual que ocurre en Italia con las góndolas, hay que aprovechar el tirón turístico.

Esta zona del sur de Sulawesi es conocida entre otras por dedicarse a la construcción de las phinisi. Ya veis que están en la misma orilla, sin valla ninguna así que, hasta su finalización y botadura, los niños las aprovechan como trampolín. Incluso a esas horas tempranas del amanecer. No, si al final va a resultar verdad que soy una perezosa.

Niños saltando al mar desde barca Phinisi en Indonesia

PULAU LIUKANG

Sobre las 11 de la mañana por fin nos recoge una pequeña barca para llevarnos a Pulau Liukang.

Me pongo en primera línea para ver mejor el paisaje. Alguna gotita salpica, qué ricos los labios saladitos. Pero el aire se levanta, pasando de alguna gotita a todo un torrencial, tanto, que he de escurrir la camiseta, literalmente,  y sacar la toalla para ponérmela encima, además de achicar algo de agua.

Ese toque marinero, os aseguro, no era el esperado.

Barca en el sur de Sulawesi Indonesia

Por fin llegamos. Es un paraje pequeño pero impactante. Se trata de un altísimo cortado, al que también se puede acceder por tierra y desde donde los más valientes se lanzan al agua en una caída de más metros de los que yo desearía.

También puedes practicar snorkel, sus aguas son claras y están repletas de corales, aunque no llegan a ser tan espectaculares como en otros lugares del archipiélago.

Pulau Liukan sitio turístico de Sulawesi

Me quedo con los ojos a cuadros cuando veo que casi todos los compañeros se lanzan al agua sin pensárselo vestidos «de arriba a abajo»,  algunas de las chicas incluso con la cabeza cubierta.

Mujer indonesia bañándose vestida

Como el agua no es el medio donde me sienta más cómoda, me quedo en la barca, lo cual aprovecha una “polizón”. Nada hasta nuestra barca y  se sube a ella como si tal cosa, para practicar inglés con la guiri.

Como, acostumbrados a su color de piel los occidentales siempre les parecemos pálidos, ni darse cuenta de que mi cara está cada vez más blanquecina, ya que con el movimiento me cojo una papa impresionante, lo que repercute nuevamente en mi tripa y, como consecuencia, en mi sistema nervioso.

Ay, ay, ay, la que voy a montar. Así que, aún pareciendo grosera, la dejo plantada para recluirme en meditación, a ver si soy capaz de “controlarme toda”.

Cuando suben de nuevo a la barca, obviamente con toda la ropa chorreando, nadie se seca ni pone toalla en el asiento corrido, así que entre el agua de antes con la lluvia y la de ahora, no importa si no me bañé, el resultado es casi el mismo.

¿Qué tuve bastante agua? Pues parece ser que no, porque a los cinco minutos empieza de nuevo a llover. Así que al final terminé más empapada que si hubiera formado parte del rodaje de Titanic.

NADANDO ENTRE TORTUGAS

En el camino de vuelta paramos en una plataforma flotante donde podías bajar a zonas acotadas por mallas y nadar con tortugas gigantes. Estuvo chulo y sirvió para relajarme.

Bañarse con tortugas en Sulawesi, Indonesia

EL REGRESO

Por fin subimos al autobús para emprender el camino de regreso a Makassar. Siento un gran alivio y, paradójicamente, una gran pena.

Han sido tres días intensos, llenos de nuevas experiencias, de nuevas sensaciones y con muchas cosas en las que pensar.

Como por ejemplo en estos críos que a medio camino descubrimos jugando en un gazebo. ¿Diríais por la siguiente instantánea que son felices? Yo creo que sí.

Niños indonesios

Sin embargo, amplío el campo visual y ¿qué siento ahora? Está visto que no voy a terminar nunca de dar vueltas al tarro en este viaje.

Niños indonesios en casa con carpintería

Poco después paramos a comer. ¿Pero dónde? No nos quedan provisiones y no veo alrededor ningún restaurante ni warung, léase chiringuito. No, para qué, en Indonesia no siempre se necesitan.

Si pasas cerca de algún pueblo en el que alguno de los que te acompañan tengan familiares, sí o sí hay que parar a hacerles una visita. Por su parte, ellos se mostrarán más que encantados de agasajarte con comida, sea la hora que sea y aunque no te hayan visto en la vida.

Estamos en el pueblo de uno de los chicos del grupo así que, siguiendo la costumbre indonesia, los veinte del bus, uno más con el conductor, allá que nos dirigimos a su casa donde ya había preparada una gran mesa repleta de comida.

Cada uno se sirvió lo que quiso y se acomodó donde pudo. Sin muestras de apuro ni de asombro. Excepto yo, claro, que no salí de una cosa ni de otra. Imagino que un día se presentaran mis hijas con ese tropel de gente. ¡Salen disparadas al más allá ipso facto, eso seguro!

Para más inri, para evitar un gran rodeo hasta la casa, había que saltar un desnivel de la calle de unos tres metros. Bajar fue fácil, pero a la vuelta, subir, ni me atreví, así que para atajar allá que cruzamos por toda la cocina y el salón del vecino.

Tampoco me veo a mis vecinos por la labor, la verdad. En fin, que parece que sorpresas o desconciertos hasta el último momento.

LA DESPEDIDA

Estamos atravesando las primeras luces de la ciudad. Recibo la llamada telefónica de mi marido. Ya perdí la cuenta de las veces que llamó. Cada dos o tres horas desde el momento en que comenzó la excursión.

Al principio por algo de inquietud, después básicamente por curiosidad. ¿Qué nuevas “conmociones” estaría sufriendo con este choque cultural tan inmenso? ¿Cuán estoicamente las estaría superando?

No deja de repetir que si llega a ser él quien me hace pasar por estas aventuras ya le habría pedido el divorcio y, por una vez en la vida, le doy toda la razón.

Me envía saludos de los amigos que no pueden creer que recién llegada al país me haya atrevido sin marido a esta incursión en la Indonesia rural, máxime sin conocer nada ni de estas personas ni del idioma.

Cortamos la conversación porque nos van a hacer entrega a todos de un certificado de asistencia. No sé si alguna vez me servirá para algo, pero os aseguro que me gané a pulso cada centímetro de ese papel, insisto, caaada centímetro.

certificado de participación en Experiencia Phinisi del Proyecto Lontara

Y me siento orgullosa. Orgullosa de haber retado a mis temores, mis escrúpulos y mis convencionalismos y no sólo haber salido indemne sino planteándome toda una forma de vida.

He preparado tres párrafos en inglés y pido en secreto a uno de los chicos que me los traduzca a indonesio. Afortunadamente, leer indonesio es casi casi igual que leer español, mismas letras, mismos sonidos.

Le digo a la jefa de la expedición que me pase el micrófono y ésta, asombrada, anuncia que quiero decir algo. Se hace un silencio total y sus ojos casi salen de las órbitas cuando me empiezan a oír en indonesio.

Supongo que tampoco tiene desperdicio mi cara cuando me regalan un tremendo griterío acompañado de efusivos aplausos. Por no hablar de la emoción de los abrazos, que en este país están reservadeos sólo para los más queridos.

Chicas indonesias de la Experiencia Phinisi del Proyecto Lontara

Les digo cómo pueden localizarme si lo desean, les prometo que la próxima vez hablaré un poquito de indonesio y termino, con la misma frase que terminaré aquí:

“Terima kasih banyac kepada anda semua yang membuat saya merasa sudah menjadi bagian dari kalian”

O lo que es lo mismo:

“Gracias a todos y cada uno por haberme hecho sentir uno más de vosotros”.

 

Chicos indonesios de Experiencia Phinisi en Sulawesi,

 

 

 

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