¿Sabías que los Kajang son los “amish” indonesios? Viven como siglos atrás y alejados de otras poblaciones. Llegar a ellos y entrevistarse con su líder es privilegio sólo de unos pocos. Nosotros lo conseguimos. ¿Quieres acompañarnos?  

Vamos ya camino del poblado de los Kajang, Ammatoa.

Sólo permiten el acceso a unas quince visitas al año, así que nos excita muchísimo pertenecer a ese reducido número de invitados. Como nos habían advertido, todos vestimos de negro y con manguita,  quedándome extrañada de que los leggins no supusieran ningún inconveniente.

El autobús se detiene a pocos kilómetros de destino para recoger a un señor con una indumentaria que llama mi atención. Luce un sarong y una chaqueta militar antigua, y el plegado de su sombrero es ciertamente original. Parece ser un veterano de guerra.

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Quizá algún día pueda investigar el tema de los sombreros, me encantan. Y realmente no son más que tela con dobleces de un estilo u otro, dependiendo de la zona o de la categoría social.

Pero, no nos salgamos ahora de la trama. El caso es que me sorprende tanto la indumentaria como el hecho de recogerle sin que él hubiera hecho gesto alguno. Y es que, en Indonesia, siempre se ayuda a quien pueda necesitarlo y, si se trata de una persona de edad, con más motivo.

Nos apeamos por fin ante un cartel que confirma haber llegado a nuestro destino.

Bajo él, un gran gazebo desde el que una anciana y varios críos nos observan con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

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Junto a ellos, varias mujeres preparan unas cestas que no tienen problema en transportar.

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Mi ensimismamiento se ve repentinamente interrumpido. Mi tripa comienza a dar cuenta de dos días seguidos de comida indonesia. ¿O sería el efecto de preparar los alimentos en la pila multiuso? A saber.

¡Maaadre míaaaa! Antes de entrar en territorio prohibido pregunto dónde está el baño. Me señalan un cuadrado en medio del campo con paredes de medio metro de altura y suelo de azulejos blancos, en el que había dispuesto un viejo bidón metálico lleno de agua y un cazo. Sin más, ni siquiera agujero en el suelo como desagüe.

–Magda, esto es la Indonesia rural, no puedes pretender un baño occidental. -Ya, ya, pero, no hay algo más apropiado? Entonces me dirigieron a la entrada de un bosquecillo donde había una casetilla minúscula de madera, con una tela por puerta, un agujero en el suelo de tierra y un olor imaginable con unas temperaturas tan altas. Me dije, no respires, no mires, y todo irá bien.  Si es que ¡hay que curtirse!

Traspasamos por fin la valla que nos conducirá a Tana Toa Kajang. Porque no, no era esa la entrada directa al poblado. Está ubicado a conciencia para no ser molestados, por lo que hubimos de caminar un ratito hasta llegar.

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Nos adentramos en un bosque parcialmente despejado para la construcción de media docena de casas distantes entre sí,  con sus pequeños huertos y algún telar manual.

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Caminamos durante un buen rato por una calzada de piedras. Maravillosa para la vista, que no para los pies, pero maravillosa al fin y al cabo. De una belleza singular. Parecía usurpada de las páginas de uno de aquellos cuentos de nuestra niñez.

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La cosa se complica un poco cuando hay que ascender, pero fijaros cuánta vegetación

Nos cruzamos con mujeres con fardos en la cabeza que reían divertidas al no entender por qué queríamos hacerles fotos, con algunos caballos sueltos…

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Con viandantes de mirada más bien triste que chocaba con la sonrisa habitual indonesia y con indumentaria mucho más tosca y oscura de lo que estaba acostumbrada a ver…

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Sin duda, esta fémina tan ligera de ropa, que no de carga, nos llama la atención por el contraste con los demás.

Con niños pateando pelotas de trapo que paraban para observarnos casi con temor, que sacaban agua de un riachuelo semienterrado o que cortaban bambú para cualquier menester…

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Y por fin llegamos al poblado, donde teníamos terminantemente prohibido obtener fotografías. Todos vestidos de negro y, aparentemente, nada de electricidad, nada de vehículos motorizados, nada que hiciera suponer que estábamos en el año 2015.

Aparecen ante nuestra vista tres o cuatro casas tradicionales, perfectamente alineadas, en un entorno limpio y cuidado.  Nos invitan a subir a la primera, donde ya nos esperan sentados en el suelo, el jefe de la comunidad, su esposa, hijo y nieto. La estancia es muy amplia, alfombrada por completo de rafia, adolece de muebles aunque sí hay bastante menaje de cocina en uno de los laterales, junto a una pequeña cocinilla de leña.

Yo entro la última, porque como me han de traducir, mejor ponerme al fondo para no molestar. Una vez todos sentados, el jefe nos da la bienvenida y a continuación, nuestro representante, de rodillas pero con la espalda bien erguida, con una elegancia y corrección que me asombró en un chico tan joven, explicó a qué se dedicaba el grupo e hizo entrega de un obsequio. Me llama la atención que se desliza de rodillas hasta acercarse a él.

El jefe entonces toma la palabra y parece no tener prisa. Habla y habla y habla, más de una hora seguida, él solo. Pregunto de qué. Para mi sorpresa, nadie está entendiendo gran cosa porque habla en una lengua antigua. Pero parece ser que nos da consejos para una vida correcta y un matrimonio feliz.

Por supuesto, ese segundo punto va dirigido a las mujeres, ¿qué mayor felicidad que estar todo el día haciendo las tareas domésticas y esperando al esposo? Eso me suena, algo lejano, pero me suena.

Llega un momento en que seis u ocho chicos ponen cara despavorida y se arrastran como locos hacia mí, hacia el fondo. Mientras, otros, de rodillas, se ponen en fila y van pasando por el jefe, quien les va poniendo la mano en la cabeza.

-¿Qué pasa? -Dice que tiene poderes y sólo tocándote ve tu pasado y tu futuro. Uf, el pueblo indonesio es muyyy supersticioso, para muchos esto no es nada agradable.

Minutos después, se hace de nuevo una fila, ahora ya de todos, para despedirnos. Los que nos íbamos acercando a pie,  un par de metros antes nos arrodillamos, deslizándonos así hasta llegar a los anfitriones a quienes  dimos la mano con una inclinación de cabeza, primero al jefe y después a su familia.

No hay sobresaltos, ni más palabras, hasta que llego yo, la última. Entonces me empieza a hablar y no sé por qué, me entra el pánico. Quizá piense que no pinto nada en esa reunión, o quiera leer mi vida apoyándome su mano, ¡quién sabe!

De todo se me pasa por la cabeza en décimas de segundo. ¿Y si me quiere dejar allí como una esposa más por eso del exotismo de piel clara, ojos azules y pelo rubio?  ¡Mira que a estas alturas, el rubio ya dejó de ser natural eh, que ahora es medio de bote!

Pero no, me traducen, sólo está interesado en saber quién soy, de dónde vengo, a qué me dedico, cuánto tiempo llevo en el país… indonesio al fin y al cabo, no lo puede negar.

Después me hace firmar en el libro de visitas. Me siento importante, como si fuera una diplomática, pero sigo algo asustada, así que no reacciono y se me va la oportunidad de pedir una foto, igual hubiera colado. O algo de tiempo para pasear por el poblado, porque ni siquiera nos dejaron diez minutos para dar una vueltecita. De la charla, directamente “vuelta p`atrás”. Mis compañeros me chorrean cariñosamente.

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Así que quedamos un poco decepcionados, pero al menos hemos hecho algo que no puede hacer todo el mundo. Quien no se consuela…

En el camino de vuelta, debatimos sobre qué hay de bueno o de malo en vivir anclados en el tiempo. Y sobre la obligatoriedad o voluntariedad de permanecer en la comunidad. Sin duda, da para una larga conversación.

Aún no terminamos de digerir que, lo que acabábamos de presenciar no era una película, era toda una realidad, en pleno siglo XXI.