¿Cine en 3D? ¿Cena con cubiertos de plata? No exactamente, pero no nos privamos de nada.  ¿Dormirías en el suelo para dejar tu habitación a un grupo de desconocidos?

Vamos a cambiarnos para cenar. No estamos en la Inglaterra victoriana, pero desde luego nos ponemos de largo. Todas a buscar el sarong, la vestimenta tradicional de uso cotidiano (un pareo pero cosido en vez de anudado del que en otro momento hablaremos).

La sorpresa cuando yo aparecí con el mío fue unánime, nadie esperaba que una guiri siguiera sus costumbres, así que todo fueron felicitaciones. Sólo tuve problemilla para ponérmelo porque es doble de ancho que tu cintura y ni tiene botones, ni cremallera, ni velcro, ni nada de nada, se sujeta simplemente enrollándolo. Parece fácil, a ellas ni se les mueve, pero no creas, yo estuve toda la noche dale que te pego enrollando mil veces porque se caía, y ya no tiene una edad de montar espectáculos.

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También hubo quien directamente se puso el pijama, cosa no demasiado extraña en este país, desayunar en la calle o en la cafetería del hotel con pijama

El pescado se hacía esperar, así que nos fuimos al cine. El cine consistía en una sábana tendida en mitad de la calle, frente a un “gazebo”, esas pequeñas casetas de madera que se ven por todas partes y se utilizan para descansar. En el suelo, entre ambas cosas, un plástico grande. Estuve por tumbarme en él, después de la sentada del bus, apetecía estirarse, pero como nadie lo hacía, me dio apuro.

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El patio de butacas, un gazebo

La película era proyectada desde un ordenador. Casi todos los vecinos de la aldea se unieron a nosotros.

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Primera escena: marido se va de viaje y mujer se va a ver al amante, o al revés, no recuerdo. Automáticamente, la película es sustituída por un documental arqueológico. ¿No recuerda viejos tiempos?

Por fin avisan de que la comida está lista, un alivio, a ver si en el comedor las sillas son con respaldo, porque tengo ya la espalda machacada. ¿Por qué no me habría tumbado en el plástico?

Pues menos mal, porque me hubiera lucido. ¡Esa era la mesa! Bueno, la mesa y los asientos. Me planteo si es mera casualidad que la traducción al indonesio de la palabra “silla” sea precisamente “kursi”.

Pues sin problemas, es como si volviera a mis años de acampada. Además, la presentación de las viandas era inmejorable, servidas sobre hojas de banano.

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Preparando la mesa

 La contrariedad vino cuando puse el primer pie sobre el plástico, porque obviamente había que descalzarse antes: piedras puntiagudas debajo se clavaban con alevosía, por lo que aún a riesgo de quedarme lejos de la comida, me acomodé justo en la primera esquinita. Mientras, ellos como si nada, ¡como si pisaran césped!

Las sorpresas continúan: nos dan un plato de plástico a cada uno, aunque era sólo para el sambal, la salsa picante, porque la comida se cogía de las “bandejas” directamente con las manos. Sólo faltó el grito de “tonto el último”.

Ante mi cara de “y ahora qué hago” que, a juzgar por la risa de mi vecina de asiento, debió ser suficientemente explícita, con otra hoja me cogieron un poco de pescado y arroz y me lo pasaron. ¡Gracias a Dios!

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Aunque la vista desde luego no la aparté de mi plato, porque no quiero ni contar el estado en el que las bandejas iban quedando. ¡Llevo aquí demasiado poco tiempo para compartir esta costumbre!

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Por supuesto, no estoy para repetir, voy llena, no sé si de comida o de sorpresas y emociones. Pero aún no he terminado de dar la nota, no.

Me dispongo a levantar para lavarme las manos y no hay manera. Las piedras se me clavaron de tal modo que tengo todo adormecido, apoyar las rodillas y las manos, me resulta hiriente, y pedir ayuda, bochornoso.

Finalmente lo consigo, tras media docena de intentos de rodillas, de un lado, de otro… Menos mal que con el entretenimiento de la comida, casi nadie se dio cuenta de las poses y de lo que me costó… Pero mira tú que uno de los fotógrafos del grupo capturó todo el proceso, paaaso a paaaso.

¡Hay que ser, eh! ¡Hay que ser! Lo bien que se lo pasarían luego todos viendo las fotos. Confieso que hasta a mí me dio la risa, eso sí, acompañada del pensamiento “¡será ….!”

Después de la cena, hale, nos vamos a la playa. -¿Ahora, a las tantas de la noche? -Claro, no sé por qué a los extranjeros os gusta tanto ir de día y tumbaros al sol.   En realidad yo tampoco, prefiero ir al atardecer, pero de ahí a ir en noche cerrada después de todo el día de palizón… Hace ya tiempo que dejó de parecerme bucólico contemplar las estrellas con el cuerpo picándome por la arena.

Nos guiaron por una senda y en dos minutos estábamos en una playa desierta, alumbrados únicamente por nuestras linternas. Allí, sentados en la penumbra, se habló de la problemática de la aldea, aportando cada uno posibles soluciones (a mí me iban traduciendo).

–Madre mía, esto en occidente sería una mina turística. –No, no queremos que el turismo lo estropee. Llevan razón, pero con tan poca población, dudo que alguien invierta en mejoras si no es para obtener algo a cambio.

–Y por qué no se trasladan a una población más desarrollada? –Esta ha sido su tierra por generaciones. También llevan razón, pero entonces difícil solución veo, al menos a corto plazo.

Con la amarga sensación de no poder arreglar el mundo, regresamos a la casa, ya para dormir, o eso espero. –¿Dónde está el servicio?, no lo he visto. -¿Para qué? –Pues para irme preparadita a la cama. –Ah, pues si necesitas el baño en la casetilla de allá enfrente.

Me veo en mitad de la calle una caseta de madera desvencijada,  sin luz y sin sanitario. -¿No tiene que ir nadie? –No. -¿No? Pues yo sola ni de broma (lo cierto es que aquí descubres que con tanta transpiración, no se hace tan necesario su uso).

-Y para lavar los dientes y enjuagar los pies, en la cocina, toma un vasito de agua mineral, no hay agua corriente. -¿En la cocina? Ah, pues habrá algun cuartillo que no vi. Pues no, había un pequeño agujero en el suelo con un filo alrededor en donde hacías equilibrio con un pie mientras te enjuagabas el otro. Aunque para no hacer tanta cola, ambas cosas se hicieron también en la pileta donde habíamos cortado las verduras. Ugg, respiro profundo, menos mal que no había cenado verduras.

Insisten en que me vaya a dormir a una de las habitaciones, pero ¡cómo hacerlo si al pasar hacia la cocina me ví a parte de la familia durmiendo en la sala… sobre el suelo! Supongo que para dejarnos las camas a nosotras. ¡Muyyy  fuerte!

Además, en el cuarto, tan pequeño y forrado de madera, ya lo habéis visto en el post anterior, el calor es agobiante. Quiero acostarme en el porche, pero no me lo permiten, alegan que puede ser peligroso. Me pregunto, ¿más que morir asfixiados?

Arrinconamos los muebles, y al suelo todas, con un pareo por colchón, y el sarong por pijama, con la ropa debajo, por supuesto. Como si fuera una quinceañera, pienso en escurrirme fuera una vez se hayan dormido, pero cierran la puerta con tres cerrojos. Pues nada, a quedarse toca. Gracias al mini ventilador a pilas que me prestaron y a las emociones de todo un día, por fin, casi a la una, pude conciliar el sueño.

Pero, ¿qué ocurre? A las 2 de la mañana suena una alarma. Alguien se olvidaría de quitarla, mejor no abro los ojos. A las 5 suena de nuevo, una no, varias. Jolín, quién estará jugando con el móvil a estas horas. A las 5,30 más, ¡pero bueno! Abro los ojos y me veo a algunas  vistiéndose para rezar y a otras haciéndolo ya en el mismo salón. A las 6, la única que queda tumbada soy yo y la algarabía es total, así que decido levantarme.

¿Qué me esperará hoy? ¿Algo mejor que lo ayer pero peor que lo de mañana?  La respuesta en el siguiente capítulo.