Por primera vez hago vida como un local más en la Indonesia profunda. ¿Cómo es una aldea y una casa tradicional? ¿Te atreves a cocinar con ellos? ¿Has compartido alguna vez el rezo en una mezquita?

Llegamos a destino, la aldea Lemo Lemo.

Paramos en una de las primeras casas, donde vivía la jefa del poblado, cargo que suele recaer en alguna de las personas más ancianas de la comunidad. Lo correcto es que una representación de los visitantes pidan permiso para entrar y para salir de sus “dominios” (los indonesios son muy respetuosos con la mayoría de las tradiciones y más aún con las personas mayores). Nos dio la bienvenida y sólo pidió que no alborotásemos mucho porque acababa de fallecer un vecino. ¡Vaya, pobre!

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La casa del jefe de la zona suele estar señalizada. Podemos ver el cartel negro donde dice «Kelapa desa», literalmente «cabeza del poblado»

El poblado estaba formado por una sola calle, de gravilla,  a cuyos márgenes se alineaban menos de una docena de casas tradicionales de madera, impecables o desvencijadas, pero perfectamente pulcras, y al fondo una pequeña mezquita.

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¡Hasta había tienda!

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 Todo lo demás era espesa vegetación. Nos adjudicaron una casa a las chicas y otra a los chicos. Me incluyo en las chicas, aunque a eso de que todos se dirigieran a mí como Ibu (señora)… había que acostumbrarse.

Yo pensaba que era algo así como un hostal, que pagábamos por dormir ahí, pero no, las familias nos dejaban compartir su casa y a cambio nosotros llevábamos la comida y cocinábamos para ellos, más como detalle que como obligación.

Hasta ahora no había entrado nunca en una casa tradicional, y menos habitada por sus dueños. Tenía curiosidad por saber cómo eran por dentro y cómo las decoraban. Os describo:

Enteramente de madera y sobre pilastras, la vivienda poseía un amplio porche desde el que se accedía a una sala de estar decorada con una vieja alfombra, un conjunto de sofá y dos sillones y una mesita baja. De la pared sólo pendían algunas fotos de graduación, alguna bombilla y una luz de emergencia porque, según nos indicaron, a las diez de la noche cortaban la electricidad.

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El techo estaba decorado o no sé si simplemente protegido, por plásticos y telas variadas.

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Imagen del techo, tapado con plásticos y telas, las «vigas» hechas con listones de madera y la foto de la pared pegada con cinta de embalar.

A un lado se abrían dos pequeños habitáculos, ocupados cada uno, enteramente, por un colchón.

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Forrada de bambú. No le falta el cabecero, ni tampoco… un edredón (con 30-35 grados todo el año)

De frente una muy amplia sala diáfana con dos estanterías metálicas sobre las que reposaba algo vajilla y una tele, y dos habitaciones que no llegué a ver pero que deduje eran similares a las otras.

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Aquí podemos ver, colgando , los cables de las bombillas y la tv

A continuación la cocina, compuesta por una pileta cuadrada grande a ras de suelo, una mesa repleta de cacerolas y una pequeña cocinilla de leña en un rincón. A la derecha de la cocina, sin pared alguna, una cama donde estaba confinada la abuela de la casa, impedida.

La cocina, como en todas partes, lugar de reunión. Esa era la luz natural dentro a pleno día

Nos sentamos un rato en la sala y comenzamos a romper el hielo. Un par de chicas dijeron: I speak English little, little. Carcajadas generales, ya lo creo que little, little. A lo que respondí: Saya berbicara bahasa Indonesia (yo hablo indonesio) litle litle. Nuevas carcajadas. Ya éramos colegas.

Cansados después de una larga jornada y con la mala noticia de la comunidad, pensaba que cenaríamos algún sándwich y a la cama, que acababan aquí las emociones del día. Pero resulta que no, que era ahora cuando empezaban.

Así que, mientras los chicos preparaban en su casa pescado a la parrilla, las chicas nos fuimos a cocer el irremplazable arroz. Estupendo, cena sin picante, éste se lo ponía aparte cada uno, porque indispensable por supuesto es.

Mi sorpresa fue ver cómo cocinaban, en cuclillas todo el rato. Otras chicas, en cuclillas también, picaban verduras y tomates en la placa del suelo directamente. Yo dije, ¿por qué no ponemos el hornillo sobre la mesa y cocinamos y picamos las verduras sobre ella? Sería más cómodo estar de pie.

La mirada de extrañeza de todas fue respuesta suficiente. Pero por si no me quedó claro, me lo explicaron. Es que se cocina así, no sé por qué los extranjeros cocináis de pie, es más cansado, y la mesa es para los cacharros, no para cocinar ni comer. Ah, bueno, pues ya me quedó claro ¿ves?

Lo dejamos todo preparadito y me dicen, vamos a rezar, vienes? Vale, os acompaño. He visitado más de una mezquita, pero siempre como turista. Era la primera vez que, de alguna manera, era invitada a participar, a formar parte de la comunidad. Y, os aseguro que, a pesar de estar solas y a pesar de ser una mera observadora, fue impactante para mí, mucho.

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La mezquita

Nos acercamos a la mezquita, donde fuera, siempre, encuentras grifos para hacer las abluciones. –Ven, te enseñaremos cómo se hace, toma jabón, primero se lava esto, después aquello… Me gustó saberlo, pero sobre todo me gustó la sonrisa y la ilusión de sus caras, como si estuvieran enseñando a un hijo a dar sus primeros pasos.

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Realizando las abluciones

Después entraron y yo me quedé fuera. -Pero vamos, entra. -¿Puedo entrar? -Por supuesto, además, estamos solas. Yo no tenía claro qué hacer. -Pero no te quedes ahí de pie, siéntate (en el suelo, por supuesto, bancos nunca hay, cada uno lleva su alfombrilla, sin más).

Las mezquitas que conocía hasta ahora eran grandiosas, las famosas que visitas de turista en ciudades importantes. Esta otra nada tenía que ver con ellas. Pequeña, diáfana, sin ninguna ostentación. Nada de yeserías ni mármoles y por supuesto, nada de adornos, ya sabéis que las pinturas y esculturas son inexistentes en las mezquitas.

Como alguna había olvidado el talkun, la túnica utilizada para rezar, se iban turnando, pasando las que había de unas a otras. Son casi todas blancas, sin muchos adornos. Me explican que puedes utilizar otros colores y telas más engalanadas, pero no es lo habitual porque se trata, por una parte, de mostrar austeridad ante Alá y por otra de evitar llamar la atención, lo que haría que la vista se desviara y se perdiera la concentración en la oración.

Me asombra que las que esperan estén sentadas dentro de la mezquita, hablando, riéndose, chateando con el móvil, nada de ese silencio que se pide en las iglesias. Para nosotros eso sería una falta de respeto tremenda. Sin embargo, parece que para ellos no.

A la mezquita no sólo se va a rezar, sino también a leer, a descansar, a hablar con otros, a echar una partida de ajedrez… aunque éstas últimas cosas se realizan más en el exterior, donde suele haber una zona cubierta, con columnas, a un nivel algo más elevado que el suelo.

En cuanto a las que oraban… he de reconocer que fue sobrecogedor. Esas chicas bullangueras con leggins y camiseta, de repente se transformaron: quedaron cubiertas de pies a cabeza. Ojos cerrados, mudas, concentradas. De pie, de rodillas, inclinándose luego hasta dar con la cabeza en el suelo… una y otra vez… Esa postura sumisa, casi tendidas…

Impactante vivirlo junto a ellas. Mucho. Muchísimo. Mil ideas iban y venían. No hace falta decir cuáles.

Ya estamos fuera de la mezquita, ya están de nuevo riendo con gran escándalo. Mi mente no acaba de asimilar ese brusco cambio, pero como no puede ser de otra manera, acabas envuelta en su jolgorio.

Vamos a cambiarnos para ir al cine y a cenar. No me lo puedo creer. ¡Cine en un lugar tan humilde!¡ Y cambiarnos para cenar! Esto ya casi ni lo hacen los británicos. Claro que aquí no es lo mismo… No… Más bien, no… DECIDIDAMENTE NO.

Os cuento en el próximo artículo.