No se puede negar que Luang Prabang tiene gancho. Tal vez haya sitios más espectaculares en Asia pero el conjunto  de esta ciudad Patrimonio de la Humanidad, alegra la vista y relaja el espíritu.

Leímos que el centro podía resultar ruidoso por las noches y que los establecimientos hoteleros allá eran demasiado sencillos, para un turismo mochilero a quien no importa tener baño comunitario y compartir habitación. No es que seamos sibaritas, si hay que hacerlo se hace, pero ya pasamos esa época, al menos hasta que tengamos la oportunidad de hacer el Camino de Santiago. Así que nos alojamos en un pequeño hotel con bastante encanto, a unos quince minutos caminando del casco histórico.

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Aunque supongo que no serían todos iguales, decididamente hicimos bien en no coger un alojamiento en el centro

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Este es el nuestro. Ya pinta distinto, ¿verdad?

Ansiosos por comenzar, nos dirigimos a la oficina de turismo donde nos hace gracia un cartel enorme con las normas que se han de seguir en la ciudad. Es la primera vez que veo esto en mi vida, aunque oye, no está mal, así no metes la pata ofendiendo a los ciudadanos locales, porque en la mayoría de los países asiáticos son muy amables y considerados con los demás y esperan que tú lo seas también.

Algunos ejemplos de las recomendaciones: agachar la cabeza ligeramente cuando pasas ante alguien, descalzarte antes de entrar en casas y templos, evitar discusiones o gritos en público así como comportamientos demasiado afectivos con tu pareja, no tocar la cabeza de la gente, especialmente los niños … Esto último no es porque les de rabia, no, es que, al igual que en Indonesia, consideran que es la parte del cuerpo más  sagrada.

Años de colonización francesa han dejado profunda huella en sus calles. Numerosos inmuebles de estilo colonial se mezclan con unos pocos de aspecto local. Casitas de madera adosadas de dos o tres plantas se alinean cuidadas,  la mayoría acogiendo hoteles, restaurantes o tiendas de souvenirs. ¿Bonito? Sí, aunque yo lo calificaría más como agradable. No me termina de deslumbrar porque, para mi gusto, está excesivamente comercializado.

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Este trocito de calle se libra de mi crítica

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Este otro edificio también está chulo, pero ya veis

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Más sencilla, pero bonita calle. Aquí, en su época, vivirían los subordinados

Lo que me deslumbra, y no sólo una sino mil veces, son los numerosos templos que te vas encontrando por cualquier calle. Cuando ya has visto una docena, por dentro te pueden resultar algo repetitivos pero por fuera… por fuera no te cansas jamás de contemplarlos. Sus llamativas formas y sus aún más llamativos colores y decoración, irremediablemente te hechizan. Sin duda merecen un post aparte.

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Rodeando todo el barrio y mucho más, el río Mekong, en cuya orilla encuentras mil restaurantes, de mayor o menor categoría, donde disfrutar de un paisaje realmente relajante.

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De la otra orilla, a pesar de haber otro núcleo de población, sólo se percibe una tupida vegetación. Atravesar el río sólo es posible en barquita, transbordador o a través de un par de puentes de bambú que le dan un toque realmente bohemio.

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Curiosas barcas. Tan largas y estrechas parece que las hubieran aplastado. Más curioso aún, que se coloquen transversalmente para que las lleve la corriente

Saludamos a un extranjero que llegaba de la otra zona y nos comenta que si queremos conocer la verdadera Luang Prabang hemos de cruzar, que en esta orilla sólo está Disneyland.

Estupefactos ante aquellas palabras decidimos  averiguar qué  quería realmente decir.

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Este puente está muy chulo, pero algo me daba que del todo seguro…

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Entre los faltantes de bambú y lo que bajaba la superficie en cada pisada…

Pues sí, entre faltantes y movimientos, mejor tomamos un transbordador. Una vez en el otro sector, subimos una empinada cuesta de tierra que nos llevó al poblado. Se nos cayeron los palos del sombrajo. Efectivamente, esta parte nada tenía en común con la otra. Era Asia en su estado más puro: calles de tierra, viviendas tremendamente humildes, animales sueltos…

Causa pena que la realidad sea esta otra, pero eso es Asia, un gran contraste entre unas poblaciones y otras, entre unos barrios y otros.

Anduvimos un rato por caminos solitarios buscando algunos templos. Por supuesto ahora son mucho más humildes, pero no por eso decepcionan y, de lo que no cabe duda es de que, si vienes buscando lugar para meditación, en estos parajes lo consigues, ya que una vez finalizan las casitas, tu única compañía es la vegetación y el sonido de las aves.

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La mayoría de los pobladores de esta otra zona, monjes. Un excelente lugar de retiro, sin duda.

Para no darnos la caminata de vuelta, bajamos una empinada y larguísima escalinata y alquilamos una pequeña embarcación, de esas que no sabes cómo se mantienen a flote.

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A pesar del suelo algo desvencijado no tuvimos que achicar agua

Una vez en tierra pasamos por el Centro Etnográfico y de Artes Tradicionales (denominado TEAC para abreviar). No estaba en el plan del día pero bueno, ya que estamos en la puerta, le echamos un vistazo. Eran sólo tres pequeñas salas, sin embargo no hizo falta más para salir de allí con una clara idea de lo que significa, aún hoy en día, la vida en Laos para muchas mujeres.

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Tres sombreros femeninos del museo

Exposición tenía bastante poca, algunos útiles de trabajo, algunos trajes de diversas minorías étnicas, una pequeña reconstrucción de una vivienda campesina… Pero un par de monitores emitían reportajes, realizados por estudiantes, de la vida cotidiana femenina en estas minorías, no dejándote indiferente algunas entrevistas.

Las únicas que se lo montaban bien eran las curanderas, muy respetadas, aunque válgame el cielo sus técnicas. El resto eran mujeres que a duras penas sobrevivían en sus aldeas. Algunas, jóvenes o mayores sin familia, habían sido “rescatadas” y llevadas a la ciudad para trabajar en la elaboración de tejidos, de lámparas de papel o cualquier otra artesanía.

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Una de las mujeres acogidas por la asociación trabaja con un telar manual

Ellas narraban su antes y después y se te encogía el alma. Un ejemplo es el caso de una anciana –al menos lo parecía, aunque igual no lo era tanto- que, encogida en un rincón explicaba su vida apacible –llámese a eso tener un trocito de tierra para cultivar arroz y sobrevivir.

Hasta que la mala fortuna hizo que sus dos hijos murieran. Incapaz de procrear más, el marido la abandonó a su suerte, en medio de la nada. Lloraba y lloraba y sólo sabía continuar “soy taaan pobre, soy taaaan pobre, ¿cómo voy a conseguir ahora arroz para comer?”.

Sobran comentarios ¿no es cierto?

Salgamos a caminar, hace falta. Nos dirigimos hacia el monte Phou Si, literalmente “colina sagrada”, en pleno centro histórico, frente al Palacio Real. En su cima se encuentra un pequeño templo y en la base hay vendedoras de ramilletes florales que se emplean como ofrendas en los numerosos altares y budas que nos vamos a encontrar en la subida.

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Vendedora de ofrendas florales. Por delante lleva otra cesta igual de cargada

También hay muchas vendedoras de pájaros, en jaulitas minúsculas, muy graciosas. Nos asombra que haya tanta afición a las aves pero no,  por gestos nos explican que se compran para que, una vez arriba, pidas un deseo y las dejes en libertad.

Pues nada, habrá que seguir la costumbre, así que con nuestras jaulitas emprendimos la subida, poquito a poco para no perder el aliento, que son unos 100 m. de altura, o lo que es lo mismo, 322 escalones, disfrutando de las vistas y de las cuevecillas y efigies salpicadas por acá y por allá. Hay tres caminos para subir, afortunadamente éste es el más suave, con algunos tramos de suaves rampas.

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Esta es la subida fácil

Una vez arriba, te decepcionas un poco. Sí, ves la ciudad, el río Mekong por una parte y el Nam Kahn por otra… pero esperaba más.

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Esta vista sí me gustó: el puente moderno metálico y en primera línea uno de bambú que cada año se lo lleva la corriente en la época de lluvias

Además de la estupa grande hay varias pequeñas doradas y un templo budista algo desaliñado así como una pequeña cueva en la que conservan la reliquia de una huella de Buda.

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Uno de los muchos conjuntos escultóricos que encuentras durante la subida. El buda tumbado era enorme, lástima que no lo captara bien

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Los monjes orando ante buda, el conjunto escultórico que más me gustó

Para regresar elegimos un camino de escalinatas haciendo zigzag entre la vegetación. Precioso. Y este camino  sí que tenía telita, menos mal que era ya bajada.

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No cumplió todas mis expectativas, pero bueno, mereció la pena, el recorrido ha sido curioso y entretenido.

Y, además, aunque sólo fuese por ver salir tan raudos a los pajarillos de su encierro.

¿Cómo tan sumamente pequeños pueden volar y además a esa velocidad? Desaparecieron en una fracción de segundo, antes casi de poder darnos cuenta.

Tanto ejercicio nos abre el apetito así que vamos a ver si comemos algo. Tenderetes sueltos te vas encontrando con frutas, con unos dulces de coco que deben ser muy populares y hacen sobre la marcha…,

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Curiosa forma de sujetar el pescado para que no se enfríe después de hacerlo en las brasitas de abajo

Picoteamos, porque daba gusto verlos, pero preguntamos luego por restaurantes y nos mandan a una calle que nos deja alucinados. No creo que llegara a tres metros de ancha pero ni se sabe de larga. A ambos lados se sucedían mesas repletas de verduras, guisos, carnes, pescados, sopas…. “All you can eat” por unos 3 euros.

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Se pierde de larga la calle, y a la derecha otro tanto

Aquello era un hervidero de locales y de turistas. Comías en pequeñas mesas de pino codo con codo con el vecino, si pillabas mesa claro, si no, de pie.  El pasillo, a-ba-rro-ta-do, en el que ni podías avanzar mucho ni tampoco pararte a inspeccionar las viandas. Un espectáculo, sin duda alguna. Vamos, que a pesar de los empujones y los fuertes olores de comida, pasamos dos veces para poder filmar, aunque obviamente, algo movidilla salió la grabación.

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Buena pinta desde luego tenía. Y el colorido, de foto, sin duda.

Pero cenar, finalmente decidimos hacerlo en un sitio más tranquilo, donde poder saborear sin prisas tanto el manjar como el anochecer. Así que nos fuimos a uno de los locales en la orilla del río que no nos decepcionó.

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¿Mereció la pena la vista desde el restaurante?

Para cerrar la jornada nos vamos al mercadillo nocturno. Parece ser que tiene fama. Y ya lo creo que te encandila: Han cerrado una de las calles del centro y numerosos puestos se alinean formando varias calles por las que, debido a su estrechez, te vas dando nuevamente codazos.

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Telas y trajes tradicionales en el mercadillo. Se siguen usando en el día a día

Casi el 100% de los tenderetes, y hay muchos, son de recuerdos, artesanía básicamente: telas maravillosas, lámparas de papel y hojas secas preciosas, sombrillas encantadoras, adornos hechos de material bélico reciclado (véase el post “Uxo, uno de los museos más impactantes del mundo”)… en fin, un pequeño paraíso para los amantes de las compras a precios mucho más que asequibles.

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¿No es precioso el puesto? Me las llevaría todas.

Si a ello le unes el colorido no sólo de lo expuesto sino también de las cubiertas de tela roja y el alumbrado de farolillos, el espectáculo visual está servido.

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Imagen de pagueangkor.com

Vamos ya para el hotel. Hace bastante fresquete, quién nos lo iba a decir estando tan  cerca de Indonesia y con el calor de la mañana. Así que compramos una sudadera en el mercadillo que no hace honor a su nombre. Seguimos helados, por lo que a falta a estas horas de autobús urbano, decidimos probar uno de los taxis locales. Calefacción precisamente no tenía, más bien al contrario, pero al menos llegaríamos antes.

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Este, aunque no lo creáis, es el bus urbano

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Y este es el vehículo que hace de taxi, bus o lo que haga falta,  para trayecto urbano o interurbano, lo que encarte. Nada de privado, paran a otros hasta que ya no caben más. Cuando lo ves a tope de guiris encogidos  por falta de espacio y con todas las mochilas atadas en el techo, el aspecto es de cómic.

Pero ¿veis? Las cosas más inesperadas son las que mejor funcionan. Entre la velocidad y algún que otro bache que nos hacía chocar contra el techo, nos agarramos tan fuerte a los tubos de acero que poco más los derretimos. Por fin entramos en calor.

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Modelo similar pero más grande también es muy común.  Con o sin tunear.

 

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Y mientras llegan o no clientes, lo saben aprovechar para las siestecitas

No me voy a dormir sin prometer continuar el relato sobre esta bohemia ciudad. Más de un post necesitaremos para mostrar su palacio real, templos… y cómo no, el top turístico laosiano, el desfile de monjes del amanecer,  lo que más ilusión nos hacía.  ¡Quién no ha visto nunca ninguna imagen de ellos en reportajes!

Quedamos emplazados.