¿Qué tienen de singular? Sus tallas, su colorido, sus armónicas líneas... ¿De cuántos edificios constan? Vamos a repasarlos. 

Ya hemos hablado en un post anterior sobre el casco histórico de Luang Prabang, en Laos, reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad en 1995.

Sus casitas de madera estilo colonial francés poseen, sin lugar a dudas, un gran encanto. Sin embargo, la ciudad no sería la misma sin los cincuenta templos budistas salpicados por cualquiera de las calles que pasees, no en vano se la denomina “la Ciudad de los mil templos”.

Por supuesto, no nos dio tiempo a todos. Y, por supuesto, con esos nombres tan raros, no me pidáis que los enumere. Hablaré un poquito sólo de dos de los más importantes. Si vais por allá, ya buscaréis una guía más detallada. Ahora se trata tan solo de meteros el gusanillo para que os animéis a visitarlos.

Pero, antes de empezar, no viene mal comentar que, normalmente, un templo budista no se limita a un solo edificio sino a varios, ya que forman parte de monasterios.

Según antiguos textos budistas japoneses, lo ideal son siete: el templo en sí, una pagoda, una sala de conferencias, un campanario, un refectorio, una vivienda para los monjes y una biblioteca. En Laos nos encontraremos con todos ellos o sólo con algunos. Y yo añadiría estupas funerarias, pabellón con barca, pabellón con tambor y, aunque no sea un edificio, un árbol de meditación. Todo dentro de un recinto amurallado con varias puertas de acceso.

Y, ahora ya sí, el templo más famoso de Laos es el Wat Xieng Thong, considerado uno de los más bonitos de toda Asia, y no es para menos. Ordenado construir en el siglo XVI, ha sido destruido y restaurado en varias ocasiones, utilizándose para ceremonias reales hasta 1975, año en que la monarquía fue sustituída por el comunismo.

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No es muy buena la imagen, pero os podéis hacer una idea

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¿Y qué me decís de esta fachada tallada en plata que en la imagen superior no se llega a apreciar por el cambio tan enorme de luminosidad con respecto a la parte externa?

Tejado solapado laosiano (que en la foto del siguiente templo podréis descubrir cómo es), paredes con tallas de madera negras  y doradas y vidrios cuyos brillos son sublimados por el efecto del sol, regalan a la vista un conjunto espectacular.

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Si la fachada frontal es hermosa, la parte posterior no le tiene que envidiar, es más, realmente es lo que la singulariza. Un gran mosaico en el que, pequeños cristales multicolores, importados de Japón si no recuerdo mal, representan el árbol de la vida.

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En la imagen no se aprecia el brillo que es lo que le confiere verdadera espectacularidad

El interior, ricamente decorado con pinturas de vibrantes colores rojo, negro y dorado alberga, entre otras cosas, un buda dorado de enorme tamaño  y un gran gong, ambas cosas imprescindibles en un templo.

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Y por si nos quedábamos con ganas de más, sólo teníamos que mirar al frente. Un nuevo templo se erigía nuevamente espectacular. Pero esta vez su interior es distinto, ya que realmente no se trata de un sitio de culto sino del emplazamiento del magnífico carruaje funerario donde aún se apoya la urna con los restos mortales del rey Sisavangvona. Madera de teca dorada y decorada con una serpiente de siete cabezas. Serpiente-dragón diría yo. Resulta impactante.

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Las paredes están nuevamente muy decoradas y ante ella se alinean docenas de budas de distintos tamaños. Un conjunto que resultaría del todo espectacular si no fuera un espacio tan excesivamente reducido, que impide apreciar toda la grandeza tanto de la ornamentación como del carruaje.

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El monasterio, la biblioteca y varias capillas y estupas, hasta un total de veinte elementos, completan el conjunto: una con dos enormes tambores, otra con dos larguísimas barcas que se suponen acompañan al difunto en su viaje, otra con un buda…

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Las barcas, realmente estilizadas, son aún más largas de lo que parecen

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Las estupas funerarias, con distintos aspectos, están por todas partes, unas veces son de mosaico y otras no, unas veces son oscuras, otras blancas, unas acompañan fotos otras no…

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Una maravilla que, por supuesto, en fotos no dice ni la mitad. Las formas arquitectónicas y la decoración de los templos, tanto de interiores como de exteriores, son siempre muy parecidas. A mí, los interiores sí que me llegaron a saturar, pero no hubo ni una sola fachada que no me dejara embobada.  Y si te vas fijando en las centenares de tallas, magníficamente trabajadas y de un radiantísimo dorado, que van contando historias heroicas, cotidianas, o de la vida de Buda, entonces ya tienes para largo.

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Para muestra un botón: talla de una de las puertas

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La primera vez que veo esto. En este templo se rinde culto no sólo a Buda sino a un monje, cuya fotografía aparece al lado de su efigie. Parece ser que llegó a un alto grado místico, por lo que merece todos los respetos del pueblo.

Y llega el momento de mostraros el templo Pha Bang, también de una belleza impresionante. De este también apunté el nombre ya que se encuentra dentro del recinto del palacio real, hoy museo nacional.

Su construcción empezó en 1963 pero, nuevamente debido a la abolición de la monarquía, la obra se paralizó y no fue terminada hasta el año 2006.

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Aquí sí que podemos observar el tejado solapado. Precioso, armonioso.

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No digáis que no es magnífico, y eso que no se aprecian las tallas y el colorido gualda y dorado del artesonado

En cuanto al palacio real, sólo os puedo mostrar el exterior, porque dentro prohibidísimo sacar fotos, además de prohibidísimo entrar con bermudas o faldas por encima de la rodilla, prohibidísimo entrar con mochila por pequeña que fuera y prohibidísimo entrar calzados, aunque a esto último ya nos habían acostumbrado en los templos, que no sé de qué tuve más agujetas si de subir escalones de templos o de agacharme a quitarme y ponerme las sandalias.

Es de principios del siglo XX y su aspecto, como véreis, es más colonial que laosiano, aunque su interior nada tiene que ver con un palacio versallés. Es tremendamente sencillo, aunque esto no es óbice para palpar  lujo.

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Al poco de traspasar el umbral nos encontramos en la enorme sala de recepciones: suelo y algún pequeño mueble expositorio en madera de teca, paredes decoradas por el mismo tipo de mosaicos que el templo de Xieng Thong, que parece que costó un riñón, y al fondo,  sobre una tarima, un trono tallado. Ese enorme espacio diáfano con la majestuosidad de la madera y el colorido de las paredes es impactante.

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Estos mosaicos son de un templo, pero idénticos a los que adornan, como si de un gigantesco tapiz se tratara, todas las paredes de la inmensa sala del trono, desde el suelo hasta el techo. ¡Espectacular!

 

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Esta imagen de una de las salas me ha aparecido rebuscando por google. Palabrita que no la hice yo.

Alrededor de la gran sala hay un corredor en el que podemos ver fotografías de los últimos reyes. Nuevamente te sorprendes porque, en blanco y negro sus ropajes parecen sencillos pero verlos en la vitrina contigua te alucina, repletos de bordados en oro.

También vemos el que fue su dormitorio, un clásico mobiliario que contrasta con el de la habitación de su hijo, con estilo de los 60-70, y que no llegó a disfrutar. Se le apoda “el rey que no llegó a reinar”.

En el edificio anexo hay un teatro en el que por las noches realizan representaciones musicales y teatrales, con escenas del Ramayana. Afortunadamente están adaptadas para los turistas, si no, con lo lentas que son, aún estaríamos allí. Además, te dan un papelito con la historia, para que te enteres de algo. Es la misma sensación de cuando los no entendidos presenciamos una ópera. Un día de estos os colgaré un trocito del espectáculo.

En fin, como decía al principio, espero haberos metido el gusanillo en el cuerpo, aún os quedan cuarenta y ocho templos más, sólo en la ciudad, por descubrir.

Para finalizar la jornada nos sentamos a cenar en un sitio agradable porque por nada del mundo quería repetir lo del mediodía. ¿Que qué pasó? Pues os lo cuento el próximo día, en el post titulado «La fondue laosiana y Dyen Sabai, placeres para los sentidos».

Ahora os dejo ir a picotear algo, que seguro es hora de algún piquislabis.

¡Buen provecho!