Impresiones sobre la Ibiza de los ochenta y la de hoy. Redescubrir sus playas y callejuelas sin aglomeraciones, un lujo que te puedes permitir fuera de temporada. 

Di rápidamente una palabra que defina Ibiza, sólo una, sin pensar.

Con bastante probabilidad habrá sido playa, calitas... No está mal.

¿O quizás ha sido fiesta o cualquier vocablo con el que ésta se pueda relacionar? Desmadre, discoteca, famoseo, sexo fácil, droga…

No sabéis cuánta tristeza producen algunos de esos calificativos a la mayor parte de los lugareños o a quienes como yo, de una u otra manera, están íntimamente ligados  a la isla.

LA IBIZA DE ANTAÑO

Hace varias décadas que pisé Ibiza por primera vez. En una época en la que no había tantas posibilidades de viajar y con tan sólo veintiún años de edad, descubrir la isla fue alucinante.

Numerosas calas a cual más azul en las que podías contar el número de bañistas.

Cala ibicenca

Callejuelas con encanto en las que podías encontrar, sin que ninguna de las dos se asombrara, a una escultural nórdica en super minifalda y a alguna payesa, cubierta de pies a cabeza con sus enormes faldones y pañuelos negros o su sombrero de paja.

Payesas y turistas en la Ibiza de los 70

Imagen de Josep Soler

Disfrutabas de los más románticos restaurantes que jamás he conocido, con comida de la tierra, sencilla, exquisita, y sin temor a ser atracada al pedir la cuenta.

Y también de una primorosa artesanía que iba desde la réplica de cerámica de una bonita iglesia local, a la original bisutería de los hippies.

Ayyy, aquellos hippies que aún sin florecillas en el pelo vestían como en sus orígenes allá por los sesenta… o se desvestían, dependiendo del lugar y el momento. Que vivían felices y sonrientes, ayudados un poco por algún porrillo que otro, pero sin molestar ni ser molestados.

Aunque, si algo identificaba a la isla de un solo golpe de vista, eso era la ropa adlib. A un tiempo informal y elegante. Tejidos suaves, ligeros, puntillas, color blanco inmaculado… Una frase que terminó siendo bien popular la definía, “Viste como quieras pero con estilo”.

No se trataba sólo de una moda bohemia, era una forma distinta de enfocar la vida. Creedme si os digo que te sentías libre, segura de ti misma.

Pasarela de moda adlib ibicenca

Imagen de welcometoibiza

Era una época en la que incluso, podías ir por la calle vestida de época, de payaso, de extraterrestre o de cualquier otra cosa inimaginable y nadie se extrañaba ni se inmutaba. Como mucho utilizaban la expresión “qué raros son los extranjeros, pues nada, qué se le va a hacer”.

En la que te  podías encontrar con el famoso de turno que, del “anda qué casualidad”, no se salía. Nada de selfies y cosas por el estilo.

La gente local era sencilla y hospitalaria. Siempre dispuesta a regalarte una sonrisa y algunos tomates, higos o lo que tuvieran por su huerta, sin más motivo que el que  pasaras casualmente por allí.

Mujer ibicenca de los años 70

Imagen de Juan Miguel Pando

LA IBIZA DEL DESPUÉS

Sin saber muy bien cómo, todo eso comenzó a degradarse. Esa tolerancia fue aprovechada por toda una suerte de indeseables, turistas unos, especuladores otros, y la isla comenzó a ser un hervidero de gente en el que los excesos por una parte y el ansia de dinero por otra, marchitaban su paz y gran parte de su atractivo.

Las playas se convirtieron en un alfiletero en el que a duras penas cabía un imperdible más, en donde la atronadora música de los chiringuitos impedían percibir el rumor de las olas. Alguna vez incluso hube de huir para que los peques de la familia no conocieran el Kama Sutra antes de tiempo.

Fiesta en discoteca ibicenca

Fiesta en una discoteca ibicenca ¿Cabrá alguien más? Pues parecido en playas y centro histórico

Pasear por algunas zonas invadidas de “hooligans”, esos turistas ingleses que hacen todo lo que no pueden o no se atreven en su país, se hizo imposible, vasos de cristal voladores, vomitonas, peleas callejeras…

El coste de la vida se disparó afectando a los lugareños que, poco beneficio obtenían de ello y sí muchos perjuicios. Muchos negocios iban sido acaparados por forasteros, unos nacionales y otros extranjeros.

Siempre me ha gustado relacionarme con otras nacionalidades pero ser atendida en inglés en mi propio país no me agrada, en absoluto. Y mucho menos me seduce que al paso, aunque seas adolescente, te vayan ofreciendo globitos de óxido nitroso.

Ni siquiera lo genuino parecía conservarse. Los recuerdos pasaron a venir de China, Indonesia o cualquier otro país asiático.

Ropa ibicenca o balinesa con ropa y souvenirs

¿Una tienda ibicenca? No, una balinesa. ¿Alguna diferencia? ¿Quién iría antes el huevo o la gallina?

Con este panorama, mis visitas a la isla blanca se fueron haciendo cada año más cortas y espaciosas. Los veranos eran demasiado agitados y los inviernos demasiado tristes, la mayor parte de los negocios cerrados, incluso los legendarios.

REDESCUBRIENDO LA ISLA

Pero no realizo hoy estas reflexiones con ánimo destructor sino porque en los últimos tiempos he vuelto a sentir a esa Ibiza que me conquistó.

Sigo reacia a la temporada alta, mi tiempo de bullicios ya pasó. Pero el año es largo y después de la tempestad viene la calma. Animada por los almendros en flor, paisaje sublime donde los haya, he salido a recorrer de nuevo sus calles, sus calas y sus blancos pueblos.

Calle de Dalt Vilá en Ibiza

Y descubro que viejos muros casi derruidos han vuelto a emerger, que tradiciones casi perdidas comienzan a cobrar nueva vida y que aquellos a los que cariñosamente llamo los últimos de Filipinas, esa generación  que supo impregnar a la isla de un carácter único, siguen resistiendo, repartiendo nueva savia por aquí y por allá con su música y sus mercadillos.

Comienzo mi paseo muy cerquita del centro histórico. Muchos desconocen que lo que parece un descampado es una de las necrópolis mejor conservadas del Mediterráneo, Es Puig des Molins.

Es Puig des Molins, Necrópolis en Ibiza

Las oquedades son antiguos enterramientos en la roca

Me acerco luego a Vara de Rey, el paseo de toda la vida, pero por primera vez me doy cuenta de la cantidad de edificios modernistas que nos observan.

Edificio modernista en paseo Vara de Rey de Ibiza

Me adentro en el recinto amurallado de Dalt Vilá. Siempre me gustó perderme por sus estrechas callejas. Las disfruto ahora más que nunca. La ausencia de masa turística me permite saborear no sólo sus más importantes edificios históricos sino todos y cada uno de sus entrañables rincones.

Calle típica de Ibiza en Dalt Vilá

Con el corazón henchido cogemos el coche. Evitamos dirigirnos a las zonas reventadas por la avaricia inmobiliaria. El relajado tráfico permite que nos recreemos en los campos repletos de olivos, sabinas, almendros y pinos entre los que asoman aisladas casitas de fisonomía típicamente pitiusa.

Paisaje de Ibiza

Paramos en un restaurante de los de toda la vida, de los que no se han rendido a las pizzas y hamburguesas. Y pecamos, pecamos con premeditación y alevosía. Pan payés y ali oli, cocarrois, sobrasada, sofrit pagés, bullit de peix, flaó, greixonera… todo parece poco.

Apetece algo de solecillo y necesitamos bajar lo engullido con unas hierbas ibicencas pero, al no ser época veraniega está siendo difícil conseguir alguna playa con un chiringuito abierto.

No nos importa ya la digestión. Una cala sólo para ti y el grupito que practica yoga en la arena mientras suena la flauta y el tamboril, vale un potosí.

Cala de Ibiza

Se marcha el sol, pero no podemos despedir un magnífico día sin contemplar el duelo entre los dos colosos de la capital. Marina Botafoch, la parte más moderna de la ciudad, con sus lujosos yates, parece retar de frente a Dalt Vila, la vieja ciudad amurallada.

Para gustos, colores. Yo me quedo en estos momentos con la Marina, pero sólo para poder contemplar a mis anchas el espectacular conjunto de la zona opuesta. Por cierto, Patrimonio de la Humanidad.

Vista nocturna de Dalt Vilá en Ibiza desde Marina Botafoch

Sí, decididamente, ha sido un día especial. Reencontrarse con viejos sentimientos es como reencontrarse con los viejos amigos. Te ensancha el corazón, te inunda la emoción.

 

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